En esta tertulia, muchas veces los oficiales jóvenes me trataban con desdén o me decían alguna impertinencia. Varias veces me propuse no ir.

Al principio me sentía muy cohibido y muy molesto. Me encontraba como un mozo del campo a quien le ponen por primera vez cuello almidonado y botas nuevas. A veces, por una frase, por una sonrisa, la ira brotaba en mí de una manera súbita.

No sospechaba yo que tuviera este fondo de violencia y de barbarie.

Me sentía más iracundo y más irritable en Bayona que en España. Yo me explicaba a veces esto, porque en España, con el odio de los dos partidos, se dividían las actividades psíquicas, y una gran cantidad de irritación y de cólera se empleaba en detestar a los enemigos; pero en Francia, en donde esta división no era posible para un español, ponía uno la violencia y la rabia dentro de la vida social.

Me chocaba encontrar en mí mismo, de una manera tan exagerada, esta mezcla de violencia, de brutalidad y de debilidad. Por un motivo pequeño me sentía indignado e irritado, y al cabo de un par de días surgía otro que recogía a su alrededor la misma cólera y violencia.

Me había creído cándidamente un hombre comprensible y amable, pero iba viendo que no había tal cosa y que estallaba por dentro a cada paso con una irritación y una rabia frenéticas.

Algunos días en que había poca gente me sentía muy a gusto en casa de madama D'Aubignac. Era ya a principios de otoño; se encendía fuego en la chimenea, se charlaba, y yo me encontraba bien y, a veces, hasta ocurrente.

LAS IDEAS DE MADAMA D'AUBIGNAC

Delfina me invitó varias veces a comer en su casa, y llegué a tener cierta confianza, nunca mucha, porque la manera de ser de aquella señora no lo permitía, y había que estar siempre en guardia.

Madama D'Aubignac era la pulcritud llevada al último extremo: toda su casa estaba tan cuidada, que daba pena pisar el suelo con las botas sucias de la calle. Tenían un salón verde, con una sillería Chippendale, de seda también verde; un piano Erard, la araña en el techo, un velador, una vitrina con miniaturas y abanicos preciosos, unas cortinas de terciopelo verde con guarniciones de hierro forjado, un retrato al óleo de una dama de su familia y varias estampas; la llegada de una diligencia, de Bailly, grabada por Massard, y Le Bal Paré y el Concierto, dibujados por Saint-Aubin y grabados por Duclos, que son pequeñas obras maestras en el género.