Delfina tocaba el piano y cantaba, si no con mucha voz, con mucho sentimiento, El barbero de Sevilla, Lucía de Lammermoor, que se estrenó por entonces, y algunas canciones vascas como Iru damacho (las tres señoritas donostiarras de una tienda de Rentería, que saben coser bien, pero que saben mejor beber vino). Esta canción la había instrumentado el músico francés Habeneck, y llegó a hacerse popular.

Delfina era muy entusiasta de los libros de Balzac y de los dibujos de Gavarni, que le parecían maravillosos. Estaba suscrita al periódico La Moda, árbitro entonces de las opiniones y de las costumbres de la gente elegante.

Tenía también gran entusiasmo por Víctor Hugo, aunque el carácter demagógico que iba tomando el poeta no le gustaba. Sabía de memoria trozos de Hernani, y una vez ella y un joven oficial recitaron la escena de Hernani y Doña Sol, en que Doña Sol dice aquella frase célebre: ¡Vous êtes mon lion superbe et généreux! Realmente, madama D'Aubignac declamaba muy bien.

Delfina hubiera querido vivir en París. No sentía amor por su marido, pero era de una conducta severa. Unicamente una gran pasión la hubiera arrancado de su pasividad. Tenía por la gran pasión un amor exaltado. Yo sospechaba que en este culto por la gran pasión había mucho de exasperación, producida por la literatura romántica.

Tenía también un entusiasmo exagerado por la belleza, por la prestancia y por el rango, que a mí me irritaba profundamente.

La verdad es que en la vida todos los caminos, cuando queremos recorrerlos hasta el final, nos llevan a algo feo e innoble.

La admiración por la belleza, por la fuerza, por el rango, es justa, está bien, pero nos induce fácilmente a la adulación y hasta a la vileza. La compasión, la piedad, tienen mucho de sublime, pero conducen, a poco que crezcan, al odio por el feliz y por el ecuánime.

¡Tan difícil es tomar una posición sentimental honesta en la vida!

Yo, cuando veo a una persona que busca deliberadamente como amigos a los ricos, a los fuertes, a los hombres de rango, desconfío de ella; pero cuando veo a otro que busca también deliberadamente a los desgraciados, a los tristes, a los rencorosos, desconfío más.