Sólo el amor por lo intelectual tiene nobleza en su comienzo y en su fin.

Delfina era eminentemente social. A mí me chocaba que fuera tan amable con viejos estúpidos y malhumorados, que apenas si hacían caso de sus lagoterías.

Había uno, sobre todo, un señor Durand, rico, que a mí me exasperaba. Era un hombre gordo, rojo, apoplético, con un pelo blanco que parecía lana, unos ojos claros y una voz con notas agudas de falsete. Era el hombre de las observaciones mal intencionadas. Yo, en un período de revolución y teniendo poder, lo hubiera mandado fusilar sólo por el tipo.

Cuando tuve confianza con Delfina le dije:

—Me choca que haga usted caso y que prodigue usted sus amabilidades a ese viejo estúpido y antipático, que además no le agradece su solicitud. ¡Qué manera de dilapidar la amabilidad!

—Pero así hay que ser: todos tenemos defectos.

Claro que todos tenemos defectos—pensaba yo—. Hay hasta defectos que son muy simpáticos. Lo que me chocaba es que Delfina tuviera simpatía, estimación por gentes pesadas, plúmbeas, sin ninguna cualidad.

Entonces sentía yo por la burguesía, por el filisteo negado y petulante, un odio verdaderamente violento.

Me hubiera parecido una obra casi meritoria, encontrando un tipo de estos estúpidos, satisfechos y mal intencionados, como el señor Durand, el quitarle el dinero, el arrebatarle la mujer y el seducir a su hija.

Hoy ya la más intensa de las estupideces me deja frío.