LA IDEA SOBRE ESPAÑA
Si algunas veces yo chocaba con las opiniones de Delfina llevándole la contraria, ella me hería siempre que hablaba de España y de los españoles. La mala opinión que tenía de nosotros me irritaba, y a veces la replicaba violentamente. Todos hablaban de España con ironía, como de un país atrasado, sucio, bárbaro, que no hacía nada bien. Esto me ofendía, y pensaba en devolver el golpe que me daban. Me irritaba luego el ver que yo, en el fondo, era más rencoroso que ellos, porque yo recordaba durante algún tiempo lo que me había ofendido, y ellos, con esa superficialidad francesa, se olvidaban en seguida de lo que habían dicho.
Una vez que me quejaba delante de Delfina de la mala opinión que tenían los franceses de nosotros, ella me dijo:
—A los franceses nos da España una impresión de barbarie y de tosquedad.
—Sí; también a nosotros Francia nos da una impresión de relajación. Para un español, todos los franceses son cornudos, y, naturalmente, todas las mujeres engañan a sus maridos.
—Pero eso es una falsedad.
—Es posible; pero, ¿por qué no ha de ser una falsedad también la opinión de ustedes sobre España?