XII.
LA DUQUESA Y SU ABATE

Un día, en la puerta del hotel, me encontré a un abate que me preguntó, en castellano, dónde estaba el Consulado de las Dos Sicilias. Le dije que no lo sabía, pero que podía preguntar en el Consulado de España, en la plaza de Armas.

A la hora de comer le volví a ver al abate. Era un tipo raro, con una cabeza dantesca. Llevaba melenas. Tenía la frente ancha, arrugada, tempestuosa; el entrecejo, fruncido; la nariz, corva, un poco roja; los labios, finos; la boca, sardónica; las cuencas de los ojos, grandes, y los ojos, negros e inquietos.

Tenía una cara de polichinela, pero de un polichinela sombrío y tétrico.

Al volver a encontrarle me saludó con una profunda inclinación de cabeza.

Al mozo del hotel le pregunté:

—¿Quién es este tipo?

—Es un abate que ha venido con una señora. Se han inscrito en el hotel así: «La duquesa de Catalfano y el abate Girovanna».

Al día siguiente, el abate me volvió a hablar y me dijo que la duquesa tenía interés en conocerme. No comprendí qué interés podía ser el suyo, pero fuí con el abate al cuarto de la duquesa.

Era ésta una mujer de unos cuarenta años, con la cara larga y marchita, la nariz también larga, el color muy pálido, los labios muy finos, con las comisuras para abajo. Tenía un aire de galgo, un tipo muy aristocrático; se manifestaba muy lánguida, muy amable y como sumida en una profunda tristeza. Toda su vida estaba en los ojos, unos ojos claros, profundos y enigmáticos que miraban muy atentamente, con una fijeza de felino.