Hablamos un instante la duquesa y yo, y al salir de su habitación el abate Girovanna se despidió de mí con grandes demostraciones de amistad.

Volví a interrogar al mozo acerca de aquellos extraños personajes. Me dijo que la duquesa vivía alternativamente en Nápoles, en Niza y en París, y que el abate Girovanna hacía las veces de secretario o de mayordomo, aunque en sus relaciones con la duquesa más parecía el amo.

UN HOMBRE EXTRAÑO

Al día siguiente, el abate Girovanna fué a mi oficina y estuvo charlando largamente conmigo. Hablaba español muy bien, aunque en su conversación mezclaba palabras de italiano y de francés. Me invitó a dar una vuelta; fuimos paseando por los arcos hasta la catedral, tomamos hacia la muralla, y por el Rempart Lachepaillet salimos a la Puerta de España.

Me habló de las torres que había habido antiguamente en Bayona y me indicó los sitios por donde pasaba la muralla galorromana.

—Vamos a seguir un poco hacia San Pedro de Irube—dijo—. Este camino se conocía antes con el nombre de camino de los Agotes.

Luego vi que, efectivamente, así era.

El abate me dijo que se llamaba Jenaro Girovanna y que había nacido en Nápoles, aunque se consideraba cosmopolita. Me asombró. Era un hombre inquieto y turbulento. Sabía diez o doce idiomas. Su cabeza no regía bien: discurría a veces con buen sentido, pero de pronto desbarraba. Me dijo que era botánico y médico; me habló de todos los países del mundo, y me contó unas cosas que me dejaron espantado.

Según él, en los últimos tiempos, en las cortes de Roma, de Nápoles, de Viena y de Madrid se había envenenado mucho.

—No lo creo—le dije yo.