—No sea usted naívo—me contestó él—. Está probado. Muchos príncipes, palaciegos y cardenales han muerto envenenados.
—¿Y se sigue envenenando?
—No; porque ha habido un químico inglés, Marsh, que ha descubierto hace un par de años un aparato que revela los rastros del arsénico, y el arsénico era el veneno más usado.
El abate Girovanna me contó una porción de casos de envenenamiento, y sólo se interrumpió a la vuelta de nuestro paseo para mirar con curiosidad un escaparate de una tienda de ultramarinos de la calle de España, que no tenía nada de curioso.
Al día siguiente, el abate volvió a mi oficina, y salimos a pasear hacia Anglet.
El abate me interesaba cada vez más. Yo no he conocido un hombre más sugestivo que aquel siniestro polichinela. Tenía una ciencia de benedictino, una memoria repleta de datos, de ideas, de conocimientos.
A esto unía una versatilidad de mujer histérica y una imaginación de taumaturgo. Era una cabeza capaz de abarcarlo todo. La historia la conocía al dedillo; se ponía a hablar de geología y explicaba la formación de los terrenos con un lujo de detalles de un especialista; de esto pasaba a la política o a los idiomas, y se veía que no sólo sabía de todo, sino que tenía de la mayoría de las cosas una idea propia y original.
Sabiendo que yo era vasco me habló del vascuence y me explicó una porción de particularidades del idioma que yo ignoraba.
El abate tenía unas opiniones radicales. Decía que el cristianismo y los bárbaros del Norte habían perdido el mundo.
Para Girovanna todas las extravagancias de la época tenían una gran importancia: la frenología, el magnetismo animal, la necromancia. Creía también, o por lo menos aceptaba, la posibilidad de que existieran elixires de larga vida y bebedizos hechos con sangre de niño. Hablando de esto expuso la teoría de que la sangre fresca, fuerte, debía emplearse en ciertos casos en alargar la vida de los hombres superiores.