Cada vez que le veía al abate mostraba una nueva faceta. Resultó que era también algo ventrílocuo y prestidigitador. Lo más curioso suyo era el rápido cambio de estado espiritual. Pasaba de la alegría a la tristeza, y de la risa casi al llanto, sin tránsito apenas.
A mí me producía una mezcla de atracción y de horror. Algún día no apareció; luego me dijo, más tarde, que a veces tenía dolores muy fuertes en el pecho y en la cintura, y que para calmarlos tomaba opio.
Sus observaciones frenológicas eran muy curiosas; de repente cambiaba de aspecto y se notaba que experimentaba una gran curiosidad o una gran repulsión por una persona en cuya cabeza había visto algún signo que le desagradaba.
—Tiene usted la sagacidad comparativa—me dijo una vez.
—Y eso, ¿en qué se distingue?
—En esa protuberancia de en medio de la frente.
Yo, no sé por qué, no creía en esto gran cosa, y se lo dije.
—Pues hay algo de verdad—replicó él—. Fíjese usted en los hombres valientes, decididos, que tienen condiciones para la música y las matemáticas. Verá usted que casi siempre tienen la cabeza ancha y las sienes abultadas; en cambio, en los grandes poetas, en los artistas, en los historiadores, no verá usted con frecuencia esas cabezas, sino cabezas largas, con la frente prominente.
—¿Y yo qué clase de hombre soy, según usted?
—Usted es un hombre sensual; pero hay dos cosas en usted fuertes que corrigen su sensualidad.