—¿Y son?
—La intuición y la lógica. Usted no hará grandes tonterías; si las hace será llevado por el orgullo o por la curiosidad, impulsado por una pasión intelectual, pero nunca por el instinto ciego.
A la semana de conocerme, el abate me dió un frasquito que contenía un narcótico.
—Guárdelo usted—me dijo—; a veces se encuentra uno con una persona que estorba. Se le dan unas gotas de este licor en un vino capitoso, y ya lo tiene usted fuera de combate.
Hice la prueba dándole unas gotas en un terrón de azúcar al perro del hotel, que se quedó durante muchas horas dormido. En vista de la eficacia del narcótico me decidí a llevar siempre el frasquito en el chaleco, en el bolsillo del pecho, hasta que pensé que estaría viejo y lo tiré.
UNA PROPOSICIÓN
A los diez o doce días de conocerle, el abate me propuso ser secretario de la duquesa. El empezaba a perder la memoria y a estar demasiado nervioso. Me daría quinientos francos al mes y todos los gastos pagados. Tendría en perspectiva una vida espléndida, viajes, gran mundo, trato con mujeres hermosas... Como para mostrarme la generosidad de la duquesa me mostró un sobre lleno de diamantes y esmeraldas que ella le había regalado.
Yo, pensando en Aviraneta, le contesté que tenía que consultar con mi padre.
—¿Para qué? Los padres nunca saben dar buenos consejos...; pero, en fin, haga usted lo que quiera.
Estaba indeciso; la proposición me halagaba extraordinariamente. No sabía qué hacer, y me decidí a explicar el asunto a Delfina.