—Hay que ser principalmente gentleman—decía él—; defender al débil, al niño y a la mujer, suponiendo que la mujer sea débil, y aunque no lo sea.

INDIFERENCIA POR LA VULGARIDAD

Yo no me entendía completamente bien con Stratford. Su individualismo y el mío chocaban muchas veces, y aunque él era hombre generoso, su indiferencia por las cosas de los demás me molestaba.

No se le podía hablar de algo íntimo, porque desdeñaba las intimidades y confidencias.

El desdén por la vulgaridad era uno de sus dogmas.

—Yo soy implacable con el hombre estúpido y ramplón.

Stratford solía muy bien fingir la indiferencia y expresarla; para esto le ayudaba su aire frío.

No le gustaba lo enfático, lo exagerado.

—Toda idea exaltada es un peligro—decía—: una invitación a la grosería, a la violencia y a la brutalidad.