Sentía antipatía por los declamadores; había que tener, según él, una actitud fría e impasible para las tonterías de la masa: nada de exaltación, de republicanismo francés, ni de democracia, ni de otras cosas, para él de mal gusto.

También le repugnaban los crímenes y las canalladas colectivas. Una vez, paseando por las Allées Marines, me decía:

—Yo prefiero el crimen a la vileza. Yo no sé si podría llegar al crimen individual. A lo que no llegaría nunca es al crimen político o colectivo. Antes de matar, prender o fusilar por defender un principio, me retiraría de la política.

Es extraño, pensaba yo al oírle. Su posición espiritual era absolutamente contraria a la de Aviraneta, que afirmaba que por la salud del Estado se podía sacrificar a los individuos.

—El mundo es negro—añadía Stratford—; conservemos la cara y las manos limpias. No por limpiarlo vayamos a tiznarnos.

Era también el punto de vista contrario al de Aviraneta, que aceptaba el tiznado suyo para mejorar la sociedad.

—La mayoría de la gente hay que considerarla como manada—afirmaba Stratford—; luchar contra ella, es una locura. Si viene a nuestro encuentro, lo más prudente es apartarse.

Las máximas de Stratford me confundían y me hacían pesar el pro y el contra de muchas cuestiones que hasta entonces no se me había ocurrido examinar.

Todavía más que la exaltación política, repugnaban a Stratford las nuevas sectas religiosas que constantemente están naciendo en Inglaterra y en los Estados Unidos; pensaba que de aceptar un dogma cerrado, el mejor era el católico.

Yo veía en la actitud de Stratford una actitud de decadencia, pues sólo en las sociedades que decaen aparecen estos tipos, que, en vez de apoyarse sobre las conveniencias sociales, se asientan en la tierra, y en vez de mirar con los ojos de todo el mundo, quieren mirar con los suyos.