—¡Oh, oh!—exclamó riendo sir David—. ¡Qué descubrimiento está haciendo mi sobrina!

—Madama Saint-Allais nos afirmó que las mujeres, por instinto y por una inspiración genial, sabían más que el hombre con su ciencia, sus experiencias y sus libros.

—No lo creo—replicó Stratford—. Si fuera eso verdad no habría tampoco mérito alguno, como no hay mérito en que usted sea mujer y yo hombre, pero no lo creo; creo que no se aprende mas que con esfuerzo y con atención.

—Indudablemente—dijo sir David—; pero no hay que estar tampoco demasiado seguro de ello.

Stratford reconoció que era siempre prudente no tener una confianza absoluta en las cosas, por lógicas que pareciesen.

Como contraste de la conversación anterior, se habló después de si los poetas y los artistas eran hombres capaces de grandes pasiones.

Madama Saint-Allais, siguiendo el tópico corriente, creía que un poeta, que un artista, era el hombre más apasionado, más capaz de amar.

Madama Saint-Allais nos colocó con este motivo una serie de frases románticas y sepulcrales sorbidas en el vizconde de Arlincourt; el garbanzo negro en la serie de los vizcondes escritores ilustres.

—Yo no creo—dijo Stratford—en las condiciones amatorias de los poetas y los artistas. El poeta, como el artista, es un ególatra: aspira a que la mujer le quiera y le admire. Ve en la mujer una concreción del público, un público apasionado que exagera su entusiasmo y disimula sus faltas.

—¡Cómo habla contra sí mismo!—me dijo riendo sir David.