—Esta puerta de la sala no es nada fuerte—dijo Leguía—; si lo intentan, la podrán romper fácilmente.

—Sí; en cambio, la de la alcoba es sólida como una poterna—añadió Aviraneta—: una tabla de roble seca, magnífica.

Leguía inspeccionó la puerta.

—Tiene el inconveniente—dijo—que la cerradura no marcha.

—¿No?

—No. Aquí estoy haciendo esfuerzos con la llave, y no puedo.

—Se le podría poner una tranca. A ver si en la cuadra hay algún palo.

Bajó Pello con una vela encendida, y volvió al poco rato con una rama gruesa al hombro y un fusil en la mano.

—¿Dónde has encontrado esta espingarda—le preguntó Aviraneta.