—En la escalera.
—¿Funcionará?
—Véalo usted.
—Sí funciona, marcha muy bien. Es un buen hallazgo. Preparémonos. Cierra la puerta con llave.
Leguía cerró la puerta de la sala. Aviraneta se sentó delante de un velador; puso el maletín en una silla, lo abrió y sacó del interior una pistola de gran tamaño, un frasco de pólvora y una caja de pistones. Luego desdobló un periódico, echó allí la pólvora, y fué cargando las armas con gran cuidado, metiendo con la baqueta tacos de papel. Después sacó un plomo, y con un cortaplumas lo cortó en pedazos. De estos proyectiles puso dos en la pistola y cuatro en el fusil.
—Cualquiera diría, al verle cargar así, que está usted acostumbrado al trabuco—dijo Leguía.
—Y no diría mal—contestó Aviraneta.
—¡Hombre!
—Sí.
—¿Dónde ha empleado usted el trabuco? ¿En Sierra Morena?