Acababan de dar las doce en el reloj de la iglesia de San Juan cuando se oyeron golpes en la puerta.
—¡Ya están ahí!—dijo Aviraneta, y, acercándose a Leguía, le zarandeó fuertemente—. ¡Eh, Pello!
—¿Qué pasa?—preguntó Pello, asombrado.
—Levántate.
Leguía se despejó pronto.
—¡Ya los tenemos ahí!—exclamó Aviraneta.
Los dos escucharon en silencio.
—Hablan con la criada—dijo Leguía.
—Sí. A ver, a ver qué es lo que quieren.