Pedí licencia y fuí a París a ver a Magdalena. De noche la saqué de casa y la llevé al viejo mesón del Caballo Blanco. Allí estuvo una semana sin salir de su rincón. Sólo algunos días la llevaba a pasear al jardín del Luxemburgo.

Magdalena me suplicaba que pusiera todos los medios posibles para salvar a su tío Andrés; pero, ¿yo qué iba a hacer? No tenía influencia ni medio alguno de obrar. Sin embargo, fuí a ver a un amigo del paralítico Couthon, y por éste supe que Lazcano había dado informes confidenciales en contra de Guzmán, acusándole de estar vendido a los realistas, de ser amigo del barón de Batz, del arzobispo de París y de la abadesa de Remiremont.

Extranjero, de alta nobleza y sospechoso de traición, Andrés María de Guzmán estaba perdido.

Una mañana del año 1794 vi en medio de la multitud una fila de carretas que marchaban hacia el patíbulo. Allí iban Danton, Camilo Desmoulins y los montañeses, antes idolatrados por la plebe. En una de las carretas distinguí a Guzmán.

Al llegar a la posada del Caballo Blanco, donde estaba alojada Magdalena, al verme solamente comprendió lo ocurrido y comenzó a llorar.

Si yo hubiera sido un aventurero, me hubiera podido aprovechar del desamparo de aquella mujer; pero esto constituiría hoy para mí un motivo de verdadera desgracia.

Cuando se tranquilizó Magdalena, le dije:

—¿Qué quiere usted hacer ahora?

—No sé, no sé.

—Piense usted.