—Bueno; ya pensaré.

Dos días después me dijo:

—Quisiera ir a España.

—Muy bien. Yo le acompañaré.

Nos pusimos en camino y en esta casa descansamos.

De aquí, de Bidart, escribió a su tío el conde de Tilly, que ahora es el jefe de la masonería en España, y cuando recibió contestación yo la acompañé hasta Irún. En la misma frontera la esperaba un coche tirado por cuatro caballos.

—Guarde usted este recuerdo mío—me dijo Magdalena, dándome un objeto envuelto en un trozo de seda.

Lo guardé y le di las gracias. Nos acercamos a un señor que estaba al pie del coche. El señor me saludó ceremoniosamente; yo hice lo mismo. Magdalena, llorando, me tendió la mano, que yo estreché, y el coche partió.