—¿Qué era lo que le había dejado a usted?—le pregunté al viejo Etchepare.

—Una miniatura suya hecha en Gante.

—¿La conserva usted?

—Sí.

—Enséñemela usted.

—Etchepare vaciló, luego fué a su cuarto, abrió un cajón de su mesa y sacó la miniatura. Realmente era una mujer preciosa.

—Esta mujer le quería a usted—dije yo.

—¡Bah!

—Sí; si no, no le hubiera dejado a usted este recuerdo. Y usted, al fin, ¿no le dijo nada?

—No. Ella tenía su orgullo, yo el mío.