—¿Y ninguno de los dos cedió?

—Ninguno.

—¿Y no supo usted más de ella?

—Nada. Creo que entró en un convento.

—¿Y a Lazcano tampoco le vió usted más?

—Tampoco; aunque de éste supe detalles de su vida. Durante algún tiempo estuvo en auge con los thermidorianos, y Tallien lo envió a que trabajara con Verastegui, Zuaznavar, Urbiztondo, Michelena y algunos otros en el proyecto de hacer a Guipúzcoa república independiente, apoyada por Francia.

Lazcano fué en esta época el asesor del convencional Pinet, que estuvo en Guipúzcoa con el ejército francés de ocupación. Jacques Pinet era un abogadillo de la Dordogne, que quería echárselas de terrible, y por consejo de Lazcano y de sus amigos mandó levantar la guillotina en la Plaza Nueva de San Sebastián. Quería así liberalizar el país.

Cuando el proyecto de separación de Guipúzcoa de España fracasó y vino la paz de Basilea, Lazcano marchó a París y fué uno de los satélites de la hermosa Teresa Cabarrús. Ahora creo que está al servicio de uno de los hermanos de Bonaparte...

Etchepare se calló y estuvo contemplando el suelo un momento.

—Recordar es cosa triste—exclamó, dando un suspiro—; pero, en fin, vamos a dar una vuelta por la orilla del mar.