Llegado allí me acerqué a la barandilla; la escala, arrimada a la pared, estaba demasiado lejos para cogerla con la mano. Silbé suavemente.
Sanguinetti me entendió y comenzó a balancear la escala a derecha e izquierda, hasta que yo pude agarrarla. Inmediatamente la até en la barandilla, dejándola tensa.
Terminado esto venía la segunda parte; temía yo que, a última hora, Paquita tuviera algún escrúpulo, y que, arrepentida, confesara el proyecto a su padre, en cuyo caso me esperaba el gran estacazo.
Me acerqué de puntillas al balcón y llamé con los nudillos en el cristal, volví a llamar, y sin la menor violencia se abrió el balcón y apareció la muchacha.
—¿Por dónde hay que subir?—me dijo.
—Por aquí.
Comenzó a subir y yo fuí tras ella. El pudor puede mucho, pero el miedo puede más, y Paquita tuvo que apoyarse varias veces en mis brazos. Yo comprendí en aquellos momentos que De Frassac no se llevaba precisamente un esqueleto.
La escalera era larga y costó mucho subirla. Con la ayuda de Sanguinetti la muchacha entró en la guardilla. Luego pasé yo. Desde arriba solté la escalera y la tiré al patio.
Ya dentro los tres, en mi cuarto, a obscuras, cerramos la ventana, se puso Paquita su capote, encendimos una linterna y bajamos las escaleras hasta el portal. Detrás de la puerta había un bulto, que se acercó a nosotros.
—¿Hay algo?—pregunté yo.