—Sin novedad—dijo la voz de Ganisch.

—Ya puedes marcharte, si quieres—le advertí.

—Bueno.

Cerré la puerta de mi casa, y en compañía de Sanguinetti y de Paquita llegamos a la salida del pueblo. Allá esperaba Pello Cortázar.

—¿Hay novedad?—le pregunté.

—Ninguna.

—¿Y la lancha?

—Allá está esperando.

Llegamos a un embarcadero de la ría y aparecieron De Frassac, Zugarramurdi y otros dos del Aventino.

Entramos en el bote, y en medio de la más densa obscuridad atravesamos el Bidasoa de una orilla a otra, trazando una línea oblicua.