Luisita Galilea estaba convencida de que Graciosa tenía muchísima razón, y, además, y esto era lo principal, le gustaba más uno de los oficiales de Laguardia que el joven Estúñiga, malhumorado y tosco.

—Pero, ¿tú crees que a lo bruto se consigue el cariño de una señorita como yo?—decía Luisita—. Pues estás equivocado.

Antonio tenía, con tal motivo, un malhumor constante. Los melindres de Luisita le indignaban.

Varias veces confesó a Leguía que iba a dejarlo todo y a marcharse al campo carlista.

Pello y Corito, mientras tanto, cantaban el eterno dúo de amor. Laguardia les parecía un lugar lleno de encantos.

Muchas veces Pello tenía que salir a los pueblos próximos para los negocios; había que pasar por entre las tropas y oir el silbar de las balas.

El peligro hacía que Corito se interesase más y más por su novio. Cuando desde las alturas de Laguardia, Pello indicaba por dónde había andado, Corito temblaba y se estrechaba contra él.

LIBRO TERCERO
EL VIAJERO EXTRAÑO