I.
LA SILLA DE POSTAS
Una tarde de a principios de Junio, antes de anochecer, una silla de postas llegó a Laguardia, y se detuvo a la entrada del parador del Vizcaíno.
Pello Leguía y el capitán Herrera, que charlaban y paseaban por delante de la muralla, en el espacio comprendido entre el cuartelillo y la puerta de San Juan, abandonaron el raso que servía, y sirve, de paseo a los curas y desocupados del pueblo y avanzaron hasta el parador del Vizcaíno.
En esta época la llegada de una silla de postas a Laguardia era un acontecimiento que por sí solo servía de motivo de conversación para varios días, cuando no tenía ulteriores consecuencias. No era cosa de dejar pasar un suceso de esta clase sin sacarle algún jugo, y Leguía y Herrera se acercaron a la silla de postas. El mayoral comenzaba a desenganchar los caballos y el viajero acababa de saltar del coche.
EL VIAJERO
Era éste un hombre más bien bajo que alto, vestido de negro, con sombrero de copa. Llevaba en la mano una maleta pequeña y una cartera, que acababa de sacar del coche, la capa doblada sobre el hombro, y andaba cojeando.
El viajero, después de dar sus disposiciones al mayoral, entró en el zaguán del parador y llamó varias veces desde allí, gritando y dando palmadas. Al cabo de un rato apareció la muchacha en la escalera.
—¿Es que sois sordas en esta casa?—gritó el viajero.
—No, señor; no somos sordas.