—Pues lo parece.
—¿Qué quiere usted?
—Un cuarto.
—No hay ninguno. Están todos ocupados.
—¡Bah!
—Sí, señor. No le engaño a usted; están todos ocupados. Tendrá usted que ir a la plaza, al parador de la Rosalía.
—No; no me marcho.
—Pues aquí no hay sitio.
—Mira; llámale al amo, que me conoce.
—Le dirá a usted lo mismo que yo.