—No importa; llámale.

La criada se retiró, y poco después salió el amo, un poco fosco, a la escalera.

—¿Qué es lo que quiere usted?—preguntó—. ¿No le dicen que no hay sitio?

El recién venido subió unos cuantos escalones, para acercarse al posadero, y mostró algo que Pello y Herrera no vieron.

El mesonero cambió de aspecto, y saludando respetuosamente al huésped tomó su maleta y la subió al piso principal.

—Le llevaré a usted a mi cuarto, que es el único que está vacío.

—Bueno.

La deferencia del posadero era bastante extraña, porque no estaba en su costumbre el ser cortés, y trataba a todo el mundo con malos modos.

Como Pello pensaba ir al día siguiente a casa de las Piscinas, y Herrera a la tertulia de Echaluce, ambos con el propósito de enterarse y de llevar una noticia interesante a los amigos, se acercaron al dueño del parador cuando éste bajó de nuevo al zaguán.