El capitán se dió por satisfecho con la respuesta; pero comprendió, lo mismo que Leguía, que era un subterfugio del mesonero, pues su manera de recibir al nuevo huésped no era, ni mucho menos, la que acostumbraba a tener con una persona a medias conocida. Indudablemente, el viajero era persona de influencia o muy recomendada.
EL HOMBRE DE LA ZAMARRA
Volvieron Leguía y Herrera a dar otros paseos por el raso de la muralla, desde el cuartelillo a la puerta de San Juan, cuando al ir a meterse en el pueblo al capitán se le ocurrió acercarse de nuevo al parador a curiosear un poco. Lo hicieron así, y al llegar delante de la casa vieron que por el camino venía un hombre montado a caballo, envuelto en una bufanda.
—¿Quién será este ciudadano que llega a estas horas?—dijo el capitán Herrera—. Me parece un tipo un tanto sospechoso.
El hombre, que sin duda tenía motivos para no querer ser visto, se acercó al parador del Vizcaíno y estuvo mirando a derecha y a izquierda, hasta que entró.
—Vamos a ver quién es—dijo Herrera, decidiéndose rápidamente.
—Vamos.
Se acercaron de nuevo al parador. El hombre sospechoso había entrado en el zaguán, y, sin llamar a nadie, andaba de un lado a otro, como buscando algo.
—¡Eh, buen amigo!—le dijo el capitán—. ¿Va usted de viaje?
—Sí, señor.