—¿Tiene usted papeles?

—¿Se necesitan papeles para pasar por aquí?

—Sí, señor; porque hay mucho carlista disfrazado de persona por esta tierra—contesto el capitán.

El hombre hizo un movimiento brusco; desabotonó su zamarra de piel y, refunfuñando, sacó del bolsillo interior del pecho unos papeles, y eligió de entre ellos uno. Herrera lo tomó en la mano y se puso a leerlo a la luz del farol que alumbraba la entrada de la posada.

Leguía pudo contemplar al tipo sospechoso a su sabor. Era un hombre de unos cincuenta años, afeitado, bajito, con los ojos negros, el tipo sacristanesco. Tenía un aire de astucia y de hipocresía poco agradable.

Después de leer el papel. Herrera se lo devolvió al de la zamarra.

—Es posible que no tenga usted sitio aquí en el parador—le dijo.

—A mí me basta un rincón en la cuadra para dormir—contestó el hombre.

Leguía y Herrera se dirigieron al pueblo; las campanas comenzaban a tocar el Angelus.