—¿Qué clase de pájaro será éste?—preguntó Leguía.
—Algún sacristán carlista de uno de estos pueblos—contestó el capitán—; tiene la pedantería y la suficiencia de todos esos tipos que se creen los depositarios de la verdad.
El capitán Herrera y Pello Leguía entraron en el pueblo y fueron juntos a cenar a la casa de huéspedes. Después de cenar. Pello marchó al almacén de su tío y se dedicó a escribir y a hacer cuentas. Tenía que fijar una porción de asientos en los libros.
Se acordó varias veces de que Corito estaría charlando en la tertulia de las Piscinas; pero no había más remedio, era indispensable tenerlo todo al día.
Trabajó con ahinco sin levantar la cabeza, y concluyó más pronto de lo que esperaba. En las noches que tenía que velar, Pello dormía en casa de su tío.
Al verse libre, cogió la llave, cerró el almacén y se fué a dar una vuelta.
Al pasar por la calle Mayor, por delante de casa de las Piscinas, vió que abrían el postigo y salía a la calle el viajero de negro y de sombrero de copa que había llegado por la tarde, en coche.
El viajero recorrió la calle Mayor; cruzó la plaza; se reunió con un militar que le esperaba, en quien Pello reconoció al capitán Herrera, y juntos salieron del pueblo por la puerta de San Juan.