Al día siguiente era domingo, y Pello fué a misa mayor.
Al pasar por cerca de la iglesia vió que el viajero de luto, a quien la noche antes había visto salir de casa de las Piscinas, entraba en la de Salazar.
Pello se quedó asombrado. Este salto del tradicionalismo arcaico y piscinesco al liberalismo oportunista y salazariano, si alguno lo daba en Laguardia era después de graves vacilaciones, de maduras reflexiones y de mucho tiempo.
LOS RUBICONES DE LAGUARDIA
El viajero de negro no había necesitado para pasar este Rubicón más que unas pocas horas. Pello pensó en cómo el contagio de los prejuicios hace creer muchas veces en la dificultad de cosas que no tienen nada de difíciles.
Estaba Pello contemplando la casa de Salazar cuando vió al hombre de la zamarra, al que había llegado al parador al anochecer, que paseaba por delante de la casa, mirando al portal.
—Este le espía al otro—se dijo Pello—; ¿qué enredos se traerán entre los dos? No falta más que haya un tercero que le espíe al segundo.
El viajero de traje negro y sombrero de copa salió al poco rato de casa de Salazar y, dirigiéndose a la plaza, entró en la tienda de las de Echaluce. El hombre de la zamarra, haciéndose el distraído, se recostó en uno de los pilares de los arcos de la casa del Ayuntamiento.
De los Piscina a Salazar, de Salazar a los de Echaluce... eran demasiado Rubicones éstos para no llamar la atención de un hombre solo.
Pello se decidió a dejar la misa mayor y a ver qué lugar nuevo visitaba aquel hombre, y dónde y cómo terminaba el espionaje del otro.