Todavía el viajero, siempre seguido del hombre de la zamarra, estuvo una media hora en la botica y un momento en el café de Poli.
Después salió por el portal de San Juan, y el hombre de trazas de pordiosero le siguió con la mirada hasta que le vió llegar al parador del Vizcaíno.
Pello entró en su casa, y después de tomar café se fué inmediatamente a visitar a las Piscinas. Los domingos, la tertulia se celebraba por la tarde; después, al anochecer, se salía a tomar el fresco, generalmente, alrededor de la muralla.
—Ayer no vino usted—le dijo inmediatamente Corito al verle.
—No pude. Tuve que trabajar.
—Estaría usted hablando con la primita, ¿eh?
—No; estuve haciendo cuentas. ¿Cree usted que si hubiera podido venir no hubiera venido?
—Sí, sí; lo creo.
—Pues se engaña usted. Y ustedes, ¿tuvieron alguna visita?