Pronto Pello y Corito dejaron esta conversación y hablaron de otras cosas más interesantes para ellos. Al ponerse el sol, como era costumbre la tarde de los domingos, salieron todos a dar el paseo alrededor de la muralla. Corito iba al lado de Pello, muy animada y alegre; Luisita Galilea, coqueteando con un oficial, y sin hacer caso de Antonio Estúñiga, que cada vez estaba más desesperado; Cecilia Bengoa y Pilar Ribavellosa, del brazo.

Al anochecer volvió todo el grupo a los arcos del Ayuntamiento. En esto cruzó la plaza el padrino de Corito y se acercó a su ahijada y le dió un beso en la mejilla.

El viajero saludó a las señoras, y Corito le presentó a sus amigas y a los muchachos que les acompañaban.

—Este joven es un amigo nuestro, Pedro Leguía—dijo Corito, ruborizándose—; nos acompañó a Magdalena y a mí desde San Sebastián.

—¡Hombre, Leguía!—murmuró el viajero—. ¿No será usted de Vera, de Navarra?

—Sí; soy de Vera.

—Y ¿su padre se llamaba como usted, Pedro?

—Sí.

—Entonces le he conocido mucho a él y a su primo Fermín, el Chapelgorri. Pedro Mari Leguía fué muy amigo mío.