Corito iba a presentar a su padrino a Antonio Estúñiga; pero éste, naturalmente huraño y de mal humor, hizo un movimiento brusco y se ocultó detrás de una de las columnas del Ayuntamiento.
Fué una retirada un poco inesperada y cómica, que sorprendió a todos.
—¡Conéjuba!—dijo el viajero, en un vascuence castellanizado, dirigiéndose a Pello y señalando a Estúñiga con el dedo índice.
Corito y Leguía se echaron a reir. Estúñiga se marchó, incomodado.
—¿Sabe usted vascuence?—preguntó Pello al padrino de Corito.
—Poco.
—Ya veo que poco.
—Hombre, ¿por qué?
—Porque ha dicho usted «conéjuba» para decir conejo.
—Pues, ¿cómo se dice?