—Mucho.
—¿Es del partido?
—Sí; ¡ya lo creo!—contestó el de la Piscina, con su gravedad acostumbrada—; trabaja infatigablemente por la buena causa.
Sin duda, el padrino de Corito era un carlista acérrimo.
Leguía se despidió de sus amigos; fué a la casa de huéspedes, y después de cenar estuvo charlando con el capitán Herrera. De pronto se acordó que el capitán había hablado con el padrino de Corito la noche anterior, y le preguntó:
—¿Averiguó usted quién era el viajero del otro día?
—Sí.
—¿Quién es?
—Un enviado del Gobierno.