—Y ¿qué intenciones tendrá este hombre al venir aquí?—preguntó el Caracolero.

—Yo creo—dijo el de la zamarra, y acercó su cabeza a la de los demás, como para dar más misterio a la confidencia—que lleva una misión de los masones de Madrid para desunir y sembrar la cizaña entre los partidarios de don Carlos.

—Pero, ¿aquí qué puede hacer?—preguntó Leguía.

—Aquí ha venido de paso; pero no ha debido desaprovechar el viaje. Se ha visto con Salazar y con el señor de la Piscina, de quien habrá sacado datos. En casa de la Piscina tiene confidentes; la vieja y la niña le deben contar lo que se dice en la tertulia.

Estúñiga miró a Leguía, como diciéndole: «Eso va para ti.» Pello, que experimentaba por el hombre de la zamarra una naciente antipatía, notó que este sentimiento se transformaba en odio, al pensar que aquel individuo podía producir algún disgusto a Corito.

LA PRUDENCIA DEL RAPOSO

—Aquí debíamos jugarle una buena pasada a ese granuja—murmuró Estúñiga, a quien desde la tarde del domingo se le había atragantado el padrino de Corito.

—¿Dónde está alojado ese señor?—preguntó el Raposo.

—En el parador del Vizcaíno—contestó Estúñiga—. Una noche nos quedamos fuera de puertas, al anochecer...

—¿Para qué?—preguntó brutalmente el Calavera.