—Saldría de noche a comprar pan.
—Pero con un real, no te bastaría para muchos días.
—Mataría a otro hombre—replicaba el Choriset, riendo.
El Chitano no tenía más tendencia que el robo; siempre andaba merodeando por ver si podía llevarse algo.
Andrés, por más que no tenía interés en hacer allí amistades, iba conociendo a la gente.
La vida del pueblo era en muchas cosas absurda; las mujeres paseaban separadas de los hombres, y esta separación de sexos existía en casi todo.
A Margarita le molestaba que su hermano estuviese constantemente en casa, y le incitaba a que saliera. Algunas tardes, Andrés solía ir al café de la plaza, se enteraba de los conflictos que había en el pueblo entre la música del Casino republicano y la del Casino carlista, y el Mercaer, un obrero republicano, le explicaba de una manera pintoresca lo que había sido la Revolución francesa y los tormentos de la Inquisición.
III
LA CASA ANTIGUA
Varias veces don Pedro fué y volvió de Madrid al pueblo. Luisito parecía que estaba bien, no tenía tos ni fiebre; pero conservaba aquella tendencia fantaseadora que le hacía divagar y discurrir de una manera impropia de su edad.