Era ya muy tarde y Montaner y Andrés salieron del café y cada cual se fué a su casa.

A los pocos días Andrés encontró a Julio Aracil que entraba en un coche.

—¿Quieres dar una vuelta conmigo?—le dijo Julio—. Voy al final del barrio de Salamanca, a hacer una visita.

—Bueno.

Entraron los dos en el coche.

—El otro día vi a Montaner—le dijo Andrés.

—¿Te hablaría mal de mí? Claro. Entre amigos es indispensable.

—Sí; parece que no está muy contento de ti.

—No me choca. La gente tiene una idea estúpida de las cosas—dijo Aracil con voz colérica—. No quisiera más que tratar con egoístas absolutos, completos, no con gente sentimental que le dice a uno con las lágrimas en los ojos: Toma este pedazo de pan duro, al que no le puedo hincar el diente, y a cambio convídame a cenar todos los días en el mejor hotel.