Andrés se echó a reir.
—La familia de mi mujer es también de las que tienen una idea imbécil de la vida—siguió diciendo Aracil—. Constantemente me están poniendo obstáculos.
—¿Por qué?
—Nada. Ahora se les ocurre decir que el socio que tengo en la clínica, le hace el amor a mi mujer y que no le debo tener en casa. Es ridículo. ¿Es que voy a ser un Otelo? No; yo le dejo en libertad a mi mujer. Concha no me ha de engañar. Yo tengo confianza en ella.
—Haces bien.
—No sé qué idea tiene de las cosas—siguió diciendo Julio—estas gentes chapadas a la antigua, como dicen ellos. Porque yo comprendo un hombre como tú que es un puritano. ¡Pero ellos! Que me presentara yo mañana y dijera: Estas visitas, que he hecho a Don Fulano o a Doña Zutana, no las he querido cobrar porque, la verdad, no he estado acertado... ¡toda la familia me pondría de imbécil hasta las narices!
—¡Ah! No tiene duda.
—Y si es así, ¿a qué se vienen con esas moralidades ridículas?
—¿Y qué te pasa para necesitar socio? ¿Gastas mucho?
—Mucho; pero todo el gasto que llevo es indispensable. Es la vida de hoy que lo exige. La mujer tiene que estar bien, ir a la moda, tener trajes, joyas... Se necesita dinero, mucho dinero para la casa, para la comida, para la modista, para el sastre, para el teatro, para el coche; yo busco como puedo ese dinero.