—¡Si al menos, en vez de orangután, me hubiera usted llamado mona!
—Otra vez será. No tenga usted cuidado.
Dos días después, Hurtado volvió a la tienda, y los sábados se reunía con Lulú y su madre en el café de la Luna. Pronto pudo comprobar que el señor de los anteojos pretendía a Lulú. Era aquel señor un farmacéutico que tenía la botica en la calle del Pez, hombre muy simpático e instruído. Andrés y él hablaron de Lulú.
—¿Qué le parece a usted esta muchacha?—le preguntó el farmacéutico.
—¿Quién? ¿Lulú?
—Sí.
—Pues es una muchacha por la que yo tengo una gran estimación—dijo Andrés.
—Yo también.
—Ahora, que me parece que no es una mujer para casarse con ella.