Una mañana, Andrés se encontró en la tienda con un militar joven hablando con Lulú. Durante varios días lo siguió viendo. No quiso preguntar quién era, y sólo cuando lo dejó de ver se enteró de que era primo de Lulú.

En este tiempo Andrés empezó a creer que Lulú estaba displicente con él. Quizá pensaba en el militar.

Andrés quiso perder la costumbre de ir a la tienda de confecciones, pero no pudo. Era el único sitio agradable donde se encontraba bien...

Un día de otoño, por la mañana, fué a pasear por la Moncloa. Sentía esa melancolía, un poco ridícula, del solterón. Un vago sentimentalismo anegaba su espíritu al contemplar el campo, el cielo puro y sin nubes, el Guadarrama azul como una turquesa.

Pensó en Lulú, y decidió ir a verla. Era su única amiga. Volvió hacia Madrid, hasta la calle del Pez, y entró en la tiendecita.

Estaba Lulú sola, limpiando con el plumero los armarios. Andrés se sentó en su sitio.

—Está usted muy bien hoy, muy guapa—dijo de pronto Andrés.

—¿Qué hierba ha pisado usted, don Andrés, para estar tan amable?

—Verdad. Está usted muy bien. Desde que está usted aquí se va usted humanizando. Antes tenía usted una expresión muy satírica, muy burlona, pero ahora no; se le va poniendo a usted una cara más dulce. Yo creo que de tratar así con las madres que vienen a comprar gorritos para sus hijos se le va poniendo a usted una cara maternal.

—Y, ya ve usted, es triste hacer siempre gorritos para los hijos de los demás.