—Qué ¿querría usted más que fueran para sus hijos?

—Si pudiera ser, ¿por qué no? Pero yo no tendré hijos nunca. ¿Quién me va a querer a mí?

—El farmacéutico del café, el teniente... puede usted echárselas de modesta, y anda usted haciendo conquistas...

—¿Yo?

—Usted, sí.

Lulú siguió limpiando los estantes con el plumero.

—¿Me tiene usted odio, Lulú?—dijo Hurtado.

—Sí; porque me dice tonterías.

—Deme usted la mano.

—¿La mano?