—Mi pobre Lulú, lo que estás sufriendo—la decía.
—No me importa el dolor—contestaba ella. ¡Si el niño viviera!
—Ya vivirá, ¡no tenga usted cuidado!—decía el médico.
—No, no; me da el corazón que no.
La noche fué terrible. Lulú estaba extenuada. Andrés, sentado en una silla, la contemplaba estúpidamente. Ella, a veces, se acercaba a él.
—Tú también estás sufriendo. ¡Pobre!—Y le acariciaba la frente y le pasaba la mano por la cara.
Andrés, presa de una impaciencia mortal, consultaba al médico a cada momento; no podía ser aquello un parto normal; debía de existir alguna dificultad; la estrechez de la pelvis, algo.
—Si para la madrugada esto no marcha—dijo el médico—veremos qué se hace.
De pronto, el médico llamó a Hurtado.
—¿Qué pasa?—preguntó éste.