En esto se presentó la familia del director, en compañía de doña Mariquita y Fermina, las dos vestidas de serranas, con refajo corto de color, pañoleta y moño de picaporte.
El coronel Bremond se quiso mostrar ante las dos serranas gracioso y amable.
Sabía algo de castellano, y hablando despacio se podía explicar.
Doña Mariquita supo contestar, unas veces desdeñosamente, otras con burlas, y siempre con coquetería, al francés.
Al terminar la comida, el coronel se levantó y se fué á tomar café á casa del conde de Dorsenne.
Cuando nos quedamos solos, el director dijo á la de Barbadillo;
—Ha hecho usted en el coronel un efecto terrible. No nos vaya usted, doña Mariquita, á hacernos traición y á pasarse á los franceses.
—Es la influencia de los lunares—dije yo—. Esos lunares no debían ser permitidos.
—¡Bah!—replicó ella riendo—. No tengan ustedes cuidado. No cambio mi serrano por el francés más guapo del mundo. Si alguna vez, ¡Dios no lo quiera!, engaño á mi marido, tendría que ser con algún español.
—¿Le sirvo á usted yo, doña Mariquita?—le dije, poniéndome la mano en el pecho.