Cuando volvimos el director y yo al comedor, Bremond y Fichet se levantaban y, haciendo grandes genuflexiones, se despedían de las señoras. No querían faltar á casa del conde de Dorsenne, porque éste y su mujer eran los que otorgaban grados y recompensas á sus favoritos.
Al despedirse de nosotros, Bremond hizo una reverencia y Fichet me alargó la mano, que yo estreché maquinalmente.
Se oyeron los pasos de los dos en el vestíbulo, sonaron sus espuelas y salieron los militares á la calle.
Fermina y doña Mariquita se asomaron al mirador del cuarto, y por entre los visillos vieron á los dos oficiales que de cuando en cuando se volvían para mirar á la casa.
Al día siguiente el director me llamó.
—Ya se sabe que el coronel Bremond va á salir mandando una columna hacia la sierra. Piensa parar en Barbadillo y en Hontoria.
—¿Lleva mucha fuerza?—le pregunté yo.
—No sabemos á punto fijo.
Esta conversación la teníamos un lunes por la mañana.