—Sí.

—La tienes que cantar.

—Bueno; pero no ahora.

—¿Y el comandante francés? ¡Qué valiente! Yo le veía con la cabeza descubierta y con los ojos mirando al cielo y cantando. Me hubiera gustado acercarme á él, darle la mano y decirle: No; tú no debes defender á un tirano egoísta y martirizador de los pueblos como Napoleón; tú debes pensar en defender el bien, la Humanidad...

—¡Mira, Lara, no seas tonto! Duerme.

—A ese francés le recordaré toda la vida. Ahora mismo lo estoy viendo como lo hemos dejado allí en la hoya. Me parece que me mira y me dice: A pesar de que me habéis matado, somos amigos.

—¡Calla, hombre, calla!—exclamé—. Mira que hay ahí un cura que nos oye y nos espía.

—Peor para él, si es un hombre ruin y mezquino y no comprende nuestros sentimientos.

Como Lara no era persona á quien se pudiese inculcar prudencia, me incorporé en el suelo, me levanté y con él salí de la iglesia.

Algunas nubes vagamente rojizas, precursoras del alba, aparecieron en el cielo.