Mientras un lego algo práctico en cirugía menor hacía la primera cura al coronel, éste dictaba un parte á uno de sus veteranos herido en el brazo izquierdo.

El parte de Bremond iba dirigido al comandante militar del cantón de Aranda. Le participaba lo ocurrido y le pedía enviara la fuerza disponible, pues se hallaba expuesto á un sitio donde podían perecer todos.

El abad despachó á un criado del convento con el parte.

Al amanecer del día siguiente llegaron al monasterio, aspeados, llenos de barro, un sargento primero con veinte gendarmes que lograron escapar de la matanza de Hontoria. Casi todos ellos eran de los exploradores que habían marchado por las crestas del desfiladero.

Pocas horas después, á las seis ó siete de la misma mañana, el comandante del cantón de Aranda se presentó en el monasterio con doscientos soldados de infantería y cincuenta caballos. Le acompañaba un cirujano de la ciudad, don Juan Perote.

Perote reconoció la herida del coronel; según dijo, no se podía extraer la bala sin practicar una operación cruenta. Respecto á trasladar el coronel á Aranda, de hacerlo, había que tomar grandes precauciones, pues la herida se hallaba muy inflamada y el paciente tenía una calentura terrible.

El comandante de Aranda determinó continuar en el monasterio un par de días para dar tiempo de descanso á los dragones y gendarmes de Bremond y ver si llegaba algún nuevo fugitivo de Hontoria.

DELANTE DEL MONASTERIO

Mientras tanto, nuestro escuadrón llegaba por la noche á Peñaranda. Dejamos parte de la fuerza allí, y yo, con cincuenta hombres de los más decididos, avancé por la cuesta de San Juan del Monte hasta aproximarnos á la Vid.

El monasterio tenía en la obscuridad un aire fantástico.