Apenas se le divisaba oculto por una masa de altos y negros chopos.
Se adivinaba, más que se veía, el cauce del río como una barranca hundida y los grupos de árboles de las orillas.
A la derecha del monasterio se columbraba la cabeza del puente. Arriba en el cielo palpitaban las estrellas.
No me pareció prudente atacar el convento sin tener idea de sus medios de defensa, y esperamos al amanecer.
Dormimos un rato y al alba estábamos de nuevo á caballo.
La mañana comenzó á sonreir en el cielo.
Se iba destacando entre la obscuridad y la bruma el poblado de la Vid, una manzana de casas blancas unidas al convento.
Lara y yo, á pie, ocultándonos entre las matas, nos acercamos á un tiro de fusil.
Con el anteojo pude ver la barricada del puente y los soldados llegados de Aranda patrullando por los alrededores.
No éramos bastantes para atacar el monasterio, y, siguiendo las órdenes del cura, atravesamos el Duero y nos instalamos en Quemada del Monte.