—Crees tú.

—Seguro. El Brigante mismo no lo hubiera podido conseguir. A nosotros Merino nos molesta y á ti te repugna. A ellos les entusiasma.

—Bueno—contesté yo—; será así, pero te advierto que si Merino nos deja dos ó tres días aquí, yo con la gente que quiera, hablándoles claramente ó engañándolos, me voy hacia la Alcarria á juntarme con el Empecinado.

—Yo voy contigo.

Hablamos al Tobalos. El Tobalos nos escuchó, miró al suelo y no dijo nada.

—¿Usted vendría?—le pregunté.

—Sí, advirtiéndoselo antes á Merino.

—¿Y los demás?

—No sé.

No había que pedir más al laconismo de aquel hombre; pero se podía comprender que él pensaba que los demás no querrían marchar hacia la llanura dejando la sierra.