Me hubiera gustado mucho poder trasladar fielmente las palabras de Ganisch y sus impresiones personales acerca de su vida y de la de Aviraneta en las guerrillas de Merino. Pero ¿quién sería capaz de transcribir con exactitud aquella serie de frases defectuosas, aquella serie de concordancias extrañas en donde se confundían el castellano, el francés y el vascuence?

Es imposible reproducir su relato como él me lo contó; relato que, ciertamente, no tenía orden gramatical, pero sí mucha gracia.

Al dar yo una forma lógica, aunque no literaria, le quito seguramente, todo carácter á esta narración, que hizo Ganisch en la taberna del Globulillo, de la calle del Puerto, en San Sebastián, una tarde de otoño del año 1839.


I
FERMINA Y LA RIOJANA

Ganisch comenzó de este modo:

«Cuando entremos en la partida yo y Eugenio, como la cura Merino, ¡así ojalá se muera de repente!, era hombre que se fijaba mucho en estos cuestiones, Eugenio, que es un endredador, inventó que la Riojana era mi mujer y Fermina la suya. La cura Merino...»

Pero no; es imposible seguir á Ganisch en su relato, y prescindiendo de lo pintoresco de su estilo, hay que hacerle hablar como todo el mundo.

El cura Merino no se preocupaba de estas cosas por virtud, sino porque era celoso y lujurioso como un mico.