La Riojana era una buena chica; eso sí, le gustaba la miel como á todas las mujeres, y cuando se le ponía algo en la cabeza, era un poco bestia.
La Fermina se las echaba de señorita. Siempre estaba de mal humor, dispuesta á dar gritos y á subirse á la parra por cualquier cosa.
La Riojana y yo—siguió diciendo Ganisch—nos entendimos pronto, porque, como yo hablaba poco el castellano, me iba pronto al bulto.
Como la Fermina y Eugenio no llevaban camino de arreglarse, la Riojana le decía á su compañera:
—¡Pues no eres poco melindrosa, hija! En la guerra como en la guerra. ¡Qué demoño!
Fermina era de un pueblo de la ribera de Navarra, y su padre un rico hacendado. Había tenido Fermina un novio que con engaños—así dicen siempre las mujeres—la sacó de casa; el padre juró que si volvía la despezaba, y, claro, ella no quiso volver.
Tenía Fermina muchas ínfulas aristocráticas; yo no sé si mentía, es muy probable; pero, mintiendo ó diciendo la verdad, aseguraba que se hallaba emparentada con las familias más linajudas de Navarra.
—Los Echegaray no sé de dónde procedemos—le replicaba Eugenio, que se hacía llamar por su tercer apellido—; no sé si venimos del cogollo ó de las hojas, de las últimas capas ó de los primeros manteos; pero no me preocupa gran cosa.
—Tienes risa de condenado—le decía ella.