Y esto le daba á él más ganas de reir.
No sé qué idea tenía la Fermina de Eugenio y de mí, pero creo que nos consideraba como dos herejes á los que no les faltaba el canto de un duro para entrar en el infierno.
Yo le aconsejaba á Eugenio que cogiera á aquella mujer y la dejara perdida en algún monte donde no pudiera volver, como á los perros que molestan.
Fermina la Navarra decía brutalidades sin notarlo; pero si alguien le echaba un piropo se sofocaba y le brillaban los ojos. Entonces sí estaba guapa.
Fermina, la Riojana y otras mujeres que había allí se decidieron, cuando comenzaron á organizarse las guerrillas, á gastar pantalones y á montar á caballo como los hombres.
Aviraneta, que siempre ha sido hablador, llamaba á Fermina la Monja Alférez.
—Este alférez ¡eh! Ganisch—me solía decir Eugenio guiñando los ojos—está verdaderamente bonito.
—¡Condenado! Te gusta avergonzarme—contestaba ella.
—Ya que eres la Monja Alférez—contestaba él echándoselas de galante—, sé monja para mí y alférez para los demás.
Al poco tiempo de estar en el campo, á Eugenio le hicieron teniente, no porque hubiera peleado más que yo ó que los demás, sino porque tenía más escuela.